«Es una niña» se lee en el letrero junto a los escalones. La madre sube cada peldaño, cargando a su bebé en su cochecito. Y entra en la casa donde vivirán ellas solas, junto a ese perro que ladra y ladra. Que no se calla cuando las malaventuranzas llaman a la puerta.
Es un día de verano, de un verano triste. El calor sofoca y los pájaros cantan afuera, aperezados. Ellos se han ido y la casa está en silencio. Las sombras invaden las paredes que miran y callan, cómplices. Me siento en el sofá bebiendo una cerveza. Las burbujas y la espuma inundan mi boca. Pienso en él y en como nadie habla del asunto. O así parece. Miro a la casa que no conocerá y pienso en la hija que solo vio en fotos. Los pasados juntos y la separación innecesaria. Tal vez fue más el prejuicio que el miedo. El haber juzgado sin entender.
Me vuelvo a la ventana. El carro parquea y ellos se bajan. Escucho la voz de ella, alegre, inocente. Mi corazón se estremece. Es hora de continuar viviendo.
Siempre siento una culpa que quizá no me pertenece, pero de la que no me libro. Un dolor profundo que no se expresa. Recuerdos que se confunden con sueños. Una línea borrosa entre lo real e irreal. Siento un remordimiento absurdo de lo que fue y lo que no es. Un dolor como el ruido sordo de un látigo. Certidumbre de que el más allá no existe. Y en contraste, una esperanza de que hay un Claro de Luna que le guarda hasta hoy. El deseo de querer olvidar. Pero vivir para recordar cuando la luz se apaga. Soñar o vivir. Vivir soñando. Al final del día la luz se apaga. Y el ciclo continúa, se repite. Agobiante. Enfermizo. Destructor.