Cuando la luz se apaga

Photo by Irina Iriser

Siempre siento una culpa que quizá no me pertenece, pero de la que no me libro. Un dolor profundo que no se expresa. Recuerdos que se confunden con sueños. Una línea borrosa entre lo real e irreal. Siento un remordimiento absurdo de lo que fue y lo que no es. Un dolor como el ruido sordo de un látigo. Certidumbre de que el más allá no existe. Y en contraste, una esperanza de que hay un Claro de Luna que le guarda hasta hoy. El deseo de querer olvidar. Pero vivir para recordar cuando la luz se apaga. Soñar o vivir. Vivir soñando. Al final del día la luz se apaga. Y el ciclo continúa, se repite. Agobiante. Enfermizo. Destructor.

“En el claro de la luna,

donde quiero ir a jugar…”

Silvio Rodríguez

Noelia y el mar

Photo by Daniel Maforte

En bicicleta por el mar, 

hasta que la sal oxide el metal, 

mis pies, mis ideas. 

Y cuando al atardecer el viento sople,

me despedace en mil partículas

y contra el mar reviente 

la sonrisa maltrecha 

de años y años sin porvenir, 

y en el estallar de las olas, 

el sonido de mi boca se envuelva en un eco 

y en éste se pierda. 

Y que no deje en la arena mis huellas 

para que el mundo me olvide, 

si acaso, 

alguna vez, 

me conoció.

«Un sendero solo de pena y silencio llegó
hasta el agua profunda»

Mercedes Sosa

Los segundos son minutos, los minutos son horas

“Los segundos son minutos, los minutos son horas”, me repito antes de dormir. Me preparo para otro sueño de esos que trae el insomnio de las tareas no terminadas. Te espero en el sueño, te veo. Hablamos, a veces. A veces reímos y tomamos, o navegamos en el mar. Y al final es tu hora para volver a tu lugar a descansar o a morir. Siempre sé que no estás vivo. Aunque quiero quedarme indefinidamente, no puedo detenerte. La historia se repite, una y otra vez, como la rueda de tu bicicleta azul girando. 

¿Cuántos sueños faltan para que te desvanezcas en la nada? ¿Cuántos más vendrán a darme esperanza? ¿Y cuántos más a revivir el desconsuelo y la congoja? 

El sabor agridulce de un sueño contigo. Y la resaca en la mañana que me da tu recuerdo. Las noches son a su vez eternas y efímeras.

¿Cuántos sueños más? ¿Cuántas vidas? ¿Cuántas vidas quedan para perdonar las culpas?

Un día que puede llamarse miércoles

Un día cualquiera, que puede llamarse miércoles. Una noche tranquila, de las aburridas. 12 horas trabajando, como los perros. Una cerveza fría, pretendiendo que te importa. Sentarse en el sofá, leyendo tu vida. 

Un día cualquiera, que puede llamarse jueves. Una noche tranquila, de las frías. 12 horas trabajando, como si valiera la pena. Una cerveza fría, pretendiendo que está bien y siempre lo fue. Sentarse en el sofá, preguntándote porqué. 

Un día cualquiera, que puede llamarse viernes. Una noche de juerga, vacía. 12 horas trabajando, porque solo sabes eso. Una cerveza fría, anhelando la inconsciencia. Sentarse en el sofá, contemplando la bala. 

Un día cualquiera, que ya no llega.

Se fueron

Se fueron. Y mi sala está ahora vacía. La soledad profunda colma. Ella que es quizás mi única amiga, hace hoy silencio. Afuera, la lluvia. Y un invierno aperezado que al final no se decide a empezar. 

Todo lo demás es silencio. 

La soledad profunda retumba en los huesos. Y mi sala está ahora vacía. Se fueron. Mis pensamientos regresan. El dolor rumiando en mi cerebro, en mi cuerpo. La soledad. La soledad que conozco bien. Mis pensamientos se estremecen, dan vueltas. La pistola en la boca. ¡Puff! Mejor la pastilla. 

Pensamientos en soledad. El bullicio se ha ido. La última alarma ha sonado. La pistola en la boca. ¡Puff!

Todo lo demás es silencio. 

Se fueron.