Sobre perder un trabajo 

El martes 22 de agosto perdí mi trabajo. Nos habían citado a una reunión en la mañana con el mensaje: Please, prioritize this meeting. Cuando llegó la hora y nos conectamos, nuestros micrófonos estaban silenciados y el chat deshabilitado. Y tras unos minutos de esperar, 180 personas y yo escuchamos decir a nuestra líder que a partir de ese momento nos encontrábamos desempleados. 

Lo que siguió era de esperarse. Nuestros accesos a todos los sistemas fue bloqueado y nuestros correos electrónicos anulados, mientras nos arrojábamos a una búsqueda frenética de rescate que nos permitiera salvar algunas muestras dignas de incluir en nuestros portafolios. 

En medio del caos, no supe qué guardar porque en siete años de trabajo había tanto y nada al mismo tiempo. Cuando terminó el día, guardé mi computador e ignoré los cientos de mensajes, las instrucciones y las cartas de separación. 

En los días venideros, un sentimiento de absoluta abrumación se apoderó de mí. Me despertaba en la madrugada pensando en lo que faltaba por hacer e, incapaz de seguir durmiendo, me sentaba ante el computador hasta el anochecer buscando de forma desesperada un trabajo, cualquiera que fuera.  

Solo hasta ahora, mi mente empieza a aclararse del torbellino de dudas y miedos. 

Algunos de mis compañeros, que habían tenido ya experiencias similares, compartieron que perder un trabajo es solo un día más en Corporate America y que con los años uno simplemente se vuelve numbed to it all. Pasamos la vida dejando la tercera parte de ella o más en un trabajo, y un día cualquiera lo que somos es menos importante que el margen de ganancia. 

Ayer éramos trabajadores ejemplares y apreciados, hoy una amenaza a la confidencialidad. 

Me siento agradecida por la forma en la que mis redes respondieron a este despido masivo y por la forma en la que mis compañeros y yo nos reunimos para apoyarnos. Pero me queda el sinsabor de este modelo económico donde los trabajadores somos cosas que se desechan.

Las memorias de nadie

Recuerdo haber estado sentada leyendo un libro acerca de una tal Amarilla. De la historia solo recuerdo que tenía un gato y la portada era amarilla con letras azules. Amarilla no era como yo, de naturaleza obstinada y belleza escasa. O al menos así lo quiero ver ahora. 

Antes de leer a Amarilla, en esa tarde en un café-librería, yo había sido dada de alta en una sala de urgencias. Al parecer había tomado más pastillas para dormir que de costumbre y los doctores habían decidido confundir ese hecho con un intento de suicidio. Pero no es eso sobre lo que quiero hablar ahora. 

Lo que quiero decir es que a veces mis pensamientos divagan y le hablo al vacío sin recibir respuesta. Escucho música a todo volumen para silenciar los ecos. Porque Amarilla iba a fiestas y olía a marihuana, y tenía amigos. Nada de lo que yo tengo. Yo en su lugar tengo un cerebro que piensa y piensa, y divaga y se va en pensamientos sobre nada. 

Como ven, doy vueltas y vueltas. Pero lo que quería decir es que cuando estuve en la sala de emergencias y desperté, mi mamá estaba a mi lado. Ella que no entendía hizo un esfuerzo por aprender sobre lo que es estar triste y querer volarse el seso, y hoy me escucha los pensamientos alborotados. Espero que mi mamá cumpla 60, y 70, y 80, y 90, y 100, y que nunca se muera. Porque entonces quién me va a querer así con las uñas despintadas y el cerebro cortante, y quién me va a decir que yo puedo, que yo valgo la pena. 

Mi mamá trabajaba 12 horas diarias para que yo pudiera dedicarme a ser lo mejor que yo podía ser. Y hoy he logrado todo y nada al mismo tiempo, pero es gracias a ella. Hoy cuando la llamo, me contesta. Y me escucha reír, y llorar, y yo lo aprecio. Ella complementa mi falta de criterio. 

Pero sí, Amarilla, ¿qué será de Amarilla? ¿A quién le importa Amarilla, si mi mamá me quiere? Así como soy con las imperfecciones, y yo la quiero a ella. Tal vez escriba esa novela que mi mamá quiere. ¿Pero de qué? ¿Qué puedo decir de esta vida a veces lenta, a veces vertiginosa? Tal vez cuente la historia de ella, de su vida complicada y su estatura pequeña. 

Y ¿qué le dirían ustedes a su mamá en su cumpleaños? Yo pienso que nada, porque decir “felicitaciones, que cumplas muchos más” es bien cliché. Yo pienso: “gracias por decidir vivir un año más”, porque uno siempre puede escoger no vivir, pero no ella, porque siempre vive en mí y en el cerebro que piensa y piensa. Pero eso ya lo dije. 

Ojalá mi mamá cumpla 100 y nunca nunca se muera. Era eso, eso es lo que quería decir. 

Todos los días son domingo

Tal vez es normal tomarse una cerveza a las 9 de la mañana. 

Mi jornada empieza a las 6 buscando trabajo y aplicando a una oferta o a la otra. Actualizo mi hoja de vida, hago un curso para mantener mis conocimientos al día, reviso LinkedIn, escribo para un proyecto. 

Se van tres horas en dos minutos y cuando el reloj da las 9, ya es mucho lo que he logrado. Mi corazón está agobiado. Y mi mente cansada con la esperanza que se achica. 

Entonces hoy destapé la cerveza. Es un mecanismo de supervivencia, porque después de las 9 empieza el juego de la espera. Esperar el correo o la llamada, o el mensaje de texto que me invita a una entrevista. Pero durante todo el día solo hay silencio y la noche llega sin novedades. 

Dicen que “todos los días son domingo cuando estás desempleado”. Y a nadie le importa la intranquilidad de quién perdió un trabajo. Por eso una cerveza tras otra. Hasta las 6 mañana, cuando mi jornada empiece con la misma monotonía.  

“Everyday is Sunday when you’re unemployed.

Sounds pretty good, man, I should be overjoyed.”

The Slackers

Photo by Toa Heftiba

Talking into the void

Mis palabras se las lleva el abismo oscuro y las devuelve en un eco que solo yo escucho. ¿A quién le importa esta existencia desoladora? Soy las palabras del inmigrante cansado que vive indiferente. 

Le hablo al vacío que se ríe de mí y me pregunto a dónde irá a parar la soledad del pensamiento manchado de biculturalidad. Mi vida es una mezcla que no encaja ni aquí ni allá. Y se vuelve más sola, más aislada, más distante. 

¿Cómo olvidar lo que ya viví? ¿Y cómo renunciar a lo que vivo ahora?

Saltar la valla

Los dos tendríamos quizá catorce años cuando él me invitó a ver a Manu Chao en concierto. No teníamos tiquetes y la idea era colarnos saltando la valla por la parte trasera del jardín botánico. Cuando le expresé mi temor a que nos descubrieran, él rió a carcajadas, diciendo que el ser descubiertos solo significaba que tendríamos que volver a entrar. El plan parecía viable pero el escrupuloso seguimiento de la norma que me fue inculcado me impidió decirle que sí. Al final, él terminó por ir solo y yo me quedé en casa. 

Veinte años después aún no he visto a Manu Chao en concierto y mi primo ya no está para intentar la osadía. Se fue a algún cielo, junto a las hojas que arrastra el viento. Y yo me quedé aquí, anclada, deseando haber dicho que sí.

Photo by Kendall Hoopes