Luciano con O

Tampoco sé si a veces soy tomate o soy gato, o si simplemente soy Luciano con O. Soy como Sven que murió la semana pasada. 

Qué me importa si Luciana tiene el arma si el que disparó fui yo. A veces me gusta ir por la vida con una coca cola. Me gusta sentir la lluvia, la lluvia de olor a pólvora quemada, limpiándome la sangre de la herida. La sangre de tomate como el gato rojo de Amarilla. Amarilla se parece a Luciana con A. A veces, Luciana con A está celosa porque yo hablo de Amarilla. Le digo: “Tranquilízate nena” y ella enfurece. El problema es que Luciana con A no lee mis libros. 

Luciana con A siempre anda discutiendo. Pelea conmigo por las coca colas. Pelea conmigo porque no me apetece un buen polvo. Pelea conmigo porque le compro drogas. Pelea con el dentista porque no se lava los dientes. Luciana con A pelea con la vecina porque las sábanas que extiende le tapan el sol que cae a la terraza. A Luciana con A le gusta pelear. Yo le digo: “Vive nena” y ella enfurece. 

Me gusta Luciana con A. Yo soy Luciano con O. Así que es gracioso. Cuando tomo coca cola a Luciana con A le da celulitis. Yo me siento mareado. No sé si es por la sangre de tomate que me lava la lluvia con olor a pólvora quemada o si es por el brandy que le cayó a la coca cola en la mañana. 

Luciana con A dice que es de noche. A mí siempre me parece que está de día. Lo que pasa es que Luciana con A siempre dice lo contrario a lo que yo digo. Luciana con A dice: “Estás equivocado Luciano con O” y yo digo “Qué importa nena”. Y ella enfurece. 

Luciana con A dice que quiere el lado izquierdo. A mí me da igual. Diez metros bajo tierra la lateralidad no importa. Creo que Luciana con A y yo estaremos muy estrechos. 

Las memorias de nadie

Recuerdo haber estado sentada leyendo un libro acerca de una tal Amarilla. De la historia solo recuerdo que tenía un gato y la portada era amarilla con letras azules. Amarilla no era como yo, de naturaleza obstinada y belleza escasa. O al menos así lo quiero ver ahora. 

Antes de leer a Amarilla, en esa tarde en un café-librería, yo había sido dada de alta en una sala de urgencias. Al parecer había tomado más pastillas para dormir que de costumbre y los doctores habían decidido confundir ese hecho con un intento de suicidio. Pero no es eso sobre lo que quiero hablar ahora. 

Lo que quiero decir es que a veces mis pensamientos divagan y le hablo al vacío sin recibir respuesta. Escucho música a todo volumen para silenciar los ecos. Porque Amarilla iba a fiestas y olía a marihuana, y tenía amigos. Nada de lo que yo tengo. Yo en su lugar tengo un cerebro que piensa y piensa, y divaga y se va en pensamientos sobre nada. 

Como ven, doy vueltas y vueltas. Pero lo que quería decir es que cuando estuve en la sala de emergencias y desperté, mi mamá estaba a mi lado. Ella que no entendía hizo un esfuerzo por aprender sobre lo que es estar triste y querer volarse el seso, y hoy me escucha los pensamientos alborotados. Espero que mi mamá cumpla 60, y 70, y 80, y 90, y 100, y que nunca se muera. Porque entonces quién me va a querer así con las uñas despintadas y el cerebro cortante, y quién me va a decir que yo puedo, que yo valgo la pena. 

Mi mamá trabajaba 12 horas diarias para que yo pudiera dedicarme a ser lo mejor que yo podía ser. Y hoy he logrado todo y nada al mismo tiempo, pero es gracias a ella. Hoy cuando la llamo, me contesta. Y me escucha reír, y llorar, y yo lo aprecio. Ella complementa mi falta de criterio. 

Pero sí, Amarilla, ¿qué será de Amarilla? ¿A quién le importa Amarilla, si mi mamá me quiere? Así como soy con las imperfecciones, y yo la quiero a ella. Tal vez escriba esa novela que mi mamá quiere. ¿Pero de qué? ¿Qué puedo decir de esta vida a veces lenta, a veces vertiginosa? Tal vez cuente la historia de ella, de su vida complicada y su estatura pequeña. 

Y ¿qué le dirían ustedes a su mamá en su cumpleaños? Yo pienso que nada, porque decir “felicitaciones, que cumplas muchos más” es bien cliché. Yo pienso: “gracias por decidir vivir un año más”, porque uno siempre puede escoger no vivir, pero no ella, porque siempre vive en mí y en el cerebro que piensa y piensa. Pero eso ya lo dije. 

Ojalá mi mamá cumpla 100 y nunca nunca se muera. Era eso, eso es lo que quería decir.