Recuerdo haber estado sentada leyendo un libro acerca de una tal Amarilla. De la historia solo recuerdo que tenía un gato y la portada era amarilla con letras azules. Amarilla no era como yo, de naturaleza obstinada y belleza escasa. O al menos así lo quiero ver ahora.
Antes de leer a Amarilla, en esa tarde en un café-librería, yo había sido dada de alta en una sala de urgencias. Al parecer había tomado más pastillas para dormir que de costumbre y los doctores habían decidido confundir ese hecho con un intento de suicidio. Pero no es eso sobre lo que quiero hablar ahora.
Lo que quiero decir es que a veces mis pensamientos divagan y le hablo al vacío sin recibir respuesta. Escucho música a todo volumen para silenciar los ecos. Porque Amarilla iba a fiestas y olía a marihuana, y tenía amigos. Nada de lo que yo tengo. Yo en su lugar tengo un cerebro que piensa y piensa, y divaga y se va en pensamientos sobre nada.
Como ven, doy vueltas y vueltas. Pero lo que quería decir es que cuando estuve en la sala de emergencias y desperté, mi mamá estaba a mi lado. Ella que no entendía hizo un esfuerzo por aprender sobre lo que es estar triste y querer volarse el seso, y hoy me escucha los pensamientos alborotados. Espero que mi mamá cumpla 60, y 70, y 80, y 90, y 100, y que nunca se muera. Porque entonces quién me va a querer así con las uñas despintadas y el cerebro cortante, y quién me va a decir que yo puedo, que yo valgo la pena.
Mi mamá trabajaba 12 horas diarias para que yo pudiera dedicarme a ser lo mejor que yo podía ser. Y hoy he logrado todo y nada al mismo tiempo, pero es gracias a ella. Hoy cuando la llamo, me contesta. Y me escucha reír, y llorar, y yo lo aprecio. Ella complementa mi falta de criterio.
Pero sí, Amarilla, ¿qué será de Amarilla? ¿A quién le importa Amarilla, si mi mamá me quiere? Así como soy con las imperfecciones, y yo la quiero a ella. Tal vez escriba esa novela que mi mamá quiere. ¿Pero de qué? ¿Qué puedo decir de esta vida a veces lenta, a veces vertiginosa? Tal vez cuente la historia de ella, de su vida complicada y su estatura pequeña.
Y ¿qué le dirían ustedes a su mamá en su cumpleaños? Yo pienso que nada, porque decir “felicitaciones, que cumplas muchos más” es bien cliché. Yo pienso: “gracias por decidir vivir un año más”, porque uno siempre puede escoger no vivir, pero no ella, porque siempre vive en mí y en el cerebro que piensa y piensa. Pero eso ya lo dije.
Ojalá mi mamá cumpla 100 y nunca nunca se muera. Era eso, eso es lo que quería decir.