Conocí a tantos hombres que pudieron hacerle el amor a mi mente y eligieron mi cuerpo. Escogieron mi cuerpo porque siempre fue más fácil y más promiscuo, más entregado, más ligero. Mi mente era pues, para ellos, un secreto. Un secreto supeditado al óleo rojo que derrama mi cuerpo, el mismo que de vez en vez me deja infértil la boca y secas las palabras. Esos hombres dóciles que temieron el quimérico entresijo y me dejaron desabrida, sin color, como lo que queda de las rosas cuando pasa el tiempo.
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Se muere

Como todos los sueños, lo nuestro se muere. Tus palabras me atraviesan mejor que una bala. Y ya no perduran los recuerdos de ayer. Irreconocibles somos en aquellas fotos en que recorremos juntos el viejo San Juan. En ellas nos vemos nosotros que no supimos volar, que naufragamos, que nos desvanecimos en el aire inerte de aquel ideal imposible.
Tu sonrisa afilada me hiere. Tu proposición dolorosa para matarme a cuentagotas. La tristeza que no debió llegar como sorpresa a una vida siempre infeliz.
Lo nuestro se muere como aquella tarde en la playa, como el atardecer dorado y el mar azul. No sé si fue nuestro o solo mío. Si fue un sueño vacío. Pero se muere. Se muere.
“Ala que cayó al mar
que no pudo volar…”
Pablo Milanés