Recuérdame

Photo by Thiago Japyassu

Recuérdame. Recuérdame cuando esté volando alto, como Fawn Wood. Cuando me levante más allá del cielo, como un águila o un cóndor. Recuérdame, cuando ya mi nombre se haya extinguido. Y yo no sea más que el aliento del fuego y la humedad del verano. 

Yo te recordaré, sosteniendo mi mano, más allá de la nebulosa estrellada. Soplaré un susurro que traspase el sol, y te envuelva en un halo.

Recuérdame, cuando ya nos hayamos olvidado. 

«Soaring with the eagle so high,
feeling free…»

Fawn Wood

Recuerdos en verano

Es un día de verano, de un verano triste. El calor sofoca y los pájaros cantan afuera, aperezados. Ellos se han ido y la casa está en silencio. Las sombras invaden las paredes que miran y callan, cómplices. Me siento en el sofá bebiendo una cerveza. Las burbujas y la espuma inundan mi boca. Pienso en él y en como nadie habla del asunto. O así parece. Miro a la casa que no conocerá y pienso en la hija que solo vio en fotos. Los pasados juntos y la separación innecesaria. Tal vez fue más el prejuicio que el miedo. El haber juzgado sin entender.

Me vuelvo a la ventana. El carro parquea y ellos se bajan. Escucho la voz de ella, alegre, inocente. Mi corazón se estremece. Es hora de continuar viviendo.

Photo by Xuan Hoa Le

Cuando la luz se apaga

Photo by Irina Iriser

Siempre siento una culpa que quizá no me pertenece, pero de la que no me libro. Un dolor profundo que no se expresa. Recuerdos que se confunden con sueños. Una línea borrosa entre lo real e irreal. Siento un remordimiento absurdo de lo que fue y lo que no es. Un dolor como el ruido sordo de un látigo. Certidumbre de que el más allá no existe. Y en contraste, una esperanza de que hay un Claro de Luna que le guarda hasta hoy. El deseo de querer olvidar. Pero vivir para recordar cuando la luz se apaga. Soñar o vivir. Vivir soñando. Al final del día la luz se apaga. Y el ciclo continúa, se repite. Agobiante. Enfermizo. Destructor.

“En el claro de la luna,

donde quiero ir a jugar…”

Silvio Rodríguez

Los segundos son minutos, los minutos son horas

“Los segundos son minutos, los minutos son horas”, me repito antes de dormir. Me preparo para otro sueño de esos que trae el insomnio de las tareas no terminadas. Te espero en el sueño, te veo. Hablamos, a veces. A veces reímos y tomamos, o navegamos en el mar. Y al final es tu hora para volver a tu lugar a descansar o a morir. Siempre sé que no estás vivo. Aunque quiero quedarme indefinidamente, no puedo detenerte. La historia se repite, una y otra vez, como la rueda de tu bicicleta azul girando. 

¿Cuántos sueños faltan para que te desvanezcas en la nada? ¿Cuántos más vendrán a darme esperanza? ¿Y cuántos más a revivir el desconsuelo y la congoja? 

El sabor agridulce de un sueño contigo. Y la resaca en la mañana que me da tu recuerdo. Las noches son a su vez eternas y efímeras.

¿Cuántos sueños más? ¿Cuántas vidas? ¿Cuántas vidas quedan para perdonar las culpas?

Callaremos

No hablamos más de él ni de su sonrisa. De su pelo largo y negro. Cayendo sobre sus hombros y su camisa morada. No pronunciamos más pensamientos despistados. Perdidos en recuerdos que se van veloces, como los anocheceres vertiginosos del trópico. Lo soñamos en silencio, como en las tardes de lectura en la niñez que se fue.

No hablamos más de él. 

Callaremos, esperando en sueños que se reciclan.

“Sueña que hay días en que vivo,

sueña lo que hay que callar…”

Silvio Rodríguez