
Esas primeras experiencias que denotaron el fracaso al que estamos condenados.
La soledad insípida de los martes en la tarde y el pequeño habitáculo de estúpida esperanza.
Esa luz pequeña que ilumina todas las acciones, como si ellas en sí fueran ineludibles tesoros de mares de plata y diamantes.
Todavía hoy nos abocamos a la vida como si fuera toda cargada de belleza. La blasfema belleza de las sonrisas tristes y los llantos internos.
Hoy empieza la verdadera incertidumbre apacible y violenta.
Que el dios en que crees te guíe o perdone en esta batalla contra sí mismos, en la nueva guerra de las inoportunidades, en el camino feliz de las nostalgias.
-Carta a una amiga