¿Quién habla hoy en mi cabeza? ¿Quién causa el silencio? ¿Quién hace las preguntas esta tarde oscura en el invierno voraz de Nueva Inglaterra? Oscuridad adentro y afuera que evita los recuerdos de soledad y muerte. Premoniciones totalizantes donde se acerca el verano. La voz habla. Y calla. Espera.
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Recuérdame

Recuérdame. Recuérdame cuando esté volando alto, como Fawn Wood. Cuando me levante más allá del cielo, como un águila o un cóndor. Recuérdame, cuando ya mi nombre se haya extinguido. Y yo no sea más que el aliento del fuego y la humedad del verano.
Yo te recordaré, sosteniendo mi mano, más allá de la nebulosa estrellada. Soplaré un susurro que traspase el sol, y te envuelva en un halo.
Recuérdame, cuando ya nos hayamos olvidado.
«Soaring with the eagle so high,
Fawn Wood
feeling free…»
A qué viene el sol
Partiremos ahora y dejaremos atrás la belleza conocida de los atardeceres soleados y las lluvias torrenciales y efímeras. Dejaremos a las azucenas y a las astromelias crecer, abandonadas junto a las raíces de aquellas acacias que perduraron lo suficiente, apenas. Partiremos para que ya la fina hierba no se cuele en los pies descalzos y sobre el arenero se extienda la casa en la que ya solo viven dos. Porque a qué viene el recuerdo insistente de crecer y vivir sin preocupación en esa tierra olvidada, donde siempre brilla el sol pero la gente se mata.

Volver
Ellos ríen en la sala. La música resuena en una habitación cerrada, mientras las lágrimas ruedan, discretas. El temor implacable de un martes solitario, el inminente lunes y el tedioso domingo.
Esconderse en el trabajo buscando qué empacar. La cerveza simple, de baja calidad. El dilema entre lo que es o no importante. El amor que se debe comprar, así sea con dinero.
Volver me atormenta, pero qué sería del amor sin la extrañeza.
Tantos recuerdos en una tierra que quiero tanto a pesar de toda la rabia que le tengo.
Adiós hoy, que poco queda para dormir.