La espera

Me pregunta cómo estoy y le respondo lo mismo: “Esperando que el tiempo pase”. 

Mientras tanto afuera se van volviendo rojas las hojas. 

¿De qué vale la espera? 

Si al final las hojas caerán, inertes.

Monday

What does one write on a Monday? Cuando la lluvia cae y nunca amanece. Cuando es un lunes como cualquier otro. 

What do you say to Mondays? Cuando la semana se abre en el horizonte y la esperanza disminuye.  

What do you do on Monday? Cuando no ha cambiado nada. Y te sigo esperando. 

Today. Monday. Lunes. What can I tell you? Cuando siempre te guardo en la memoria.

Loneliness

Loneliness makes you think sad things. Y quién soy yo para decirle que se calle.

Sobre perder un trabajo 

El martes 22 de agosto perdí mi trabajo. Nos habían citado a una reunión en la mañana con el mensaje: Please, prioritize this meeting. Cuando llegó la hora y nos conectamos, nuestros micrófonos estaban silenciados y el chat deshabilitado. Y tras unos minutos de esperar, 180 personas y yo escuchamos decir a nuestra líder que a partir de ese momento nos encontrábamos desempleados. 

Lo que siguió era de esperarse. Nuestros accesos a todos los sistemas fue bloqueado y nuestros correos electrónicos anulados, mientras nos arrojábamos a una búsqueda frenética de rescate que nos permitiera salvar algunas muestras dignas de incluir en nuestros portafolios. 

En medio del caos, no supe qué guardar porque en siete años de trabajo había tanto y nada al mismo tiempo. Cuando terminó el día, guardé mi computador e ignoré los cientos de mensajes, las instrucciones y las cartas de separación. 

En los días venideros, un sentimiento de absoluta abrumación se apoderó de mí. Me despertaba en la madrugada pensando en lo que faltaba por hacer e, incapaz de seguir durmiendo, me sentaba ante el computador hasta el anochecer buscando de forma desesperada un trabajo, cualquiera que fuera.  

Solo hasta ahora, mi mente empieza a aclararse del torbellino de dudas y miedos. 

Algunos de mis compañeros, que habían tenido ya experiencias similares, compartieron que perder un trabajo es solo un día más en Corporate America y que con los años uno simplemente se vuelve numbed to it all. Pasamos la vida dejando la tercera parte de ella o más en un trabajo, y un día cualquiera lo que somos es menos importante que el margen de ganancia. 

Ayer éramos trabajadores ejemplares y apreciados, hoy una amenaza a la confidencialidad. 

Me siento agradecida por la forma en la que mis redes respondieron a este despido masivo y por la forma en la que mis compañeros y yo nos reunimos para apoyarnos. Pero me queda el sinsabor de este modelo económico donde los trabajadores somos cosas que se desechan.

Las memorias de nadie

Recuerdo haber estado sentada leyendo un libro acerca de una tal Amarilla. De la historia solo recuerdo que tenía un gato y la portada era amarilla con letras azules. Amarilla no era como yo, de naturaleza obstinada y belleza escasa. O al menos así lo quiero ver ahora. 

Antes de leer a Amarilla, en esa tarde en un café-librería, yo había sido dada de alta en una sala de urgencias. Al parecer había tomado más pastillas para dormir que de costumbre y los doctores habían decidido confundir ese hecho con un intento de suicidio. Pero no es eso sobre lo que quiero hablar ahora. 

Lo que quiero decir es que a veces mis pensamientos divagan y le hablo al vacío sin recibir respuesta. Escucho música a todo volumen para silenciar los ecos. Porque Amarilla iba a fiestas y olía a marihuana, y tenía amigos. Nada de lo que yo tengo. Yo en su lugar tengo un cerebro que piensa y piensa, y divaga y se va en pensamientos sobre nada. 

Como ven, doy vueltas y vueltas. Pero lo que quería decir es que cuando estuve en la sala de emergencias y desperté, mi mamá estaba a mi lado. Ella que no entendía hizo un esfuerzo por aprender sobre lo que es estar triste y querer volarse el seso, y hoy me escucha los pensamientos alborotados. Espero que mi mamá cumpla 60, y 70, y 80, y 90, y 100, y que nunca se muera. Porque entonces quién me va a querer así con las uñas despintadas y el cerebro cortante, y quién me va a decir que yo puedo, que yo valgo la pena. 

Mi mamá trabajaba 12 horas diarias para que yo pudiera dedicarme a ser lo mejor que yo podía ser. Y hoy he logrado todo y nada al mismo tiempo, pero es gracias a ella. Hoy cuando la llamo, me contesta. Y me escucha reír, y llorar, y yo lo aprecio. Ella complementa mi falta de criterio. 

Pero sí, Amarilla, ¿qué será de Amarilla? ¿A quién le importa Amarilla, si mi mamá me quiere? Así como soy con las imperfecciones, y yo la quiero a ella. Tal vez escriba esa novela que mi mamá quiere. ¿Pero de qué? ¿Qué puedo decir de esta vida a veces lenta, a veces vertiginosa? Tal vez cuente la historia de ella, de su vida complicada y su estatura pequeña. 

Y ¿qué le dirían ustedes a su mamá en su cumpleaños? Yo pienso que nada, porque decir “felicitaciones, que cumplas muchos más” es bien cliché. Yo pienso: “gracias por decidir vivir un año más”, porque uno siempre puede escoger no vivir, pero no ella, porque siempre vive en mí y en el cerebro que piensa y piensa. Pero eso ya lo dije. 

Ojalá mi mamá cumpla 100 y nunca nunca se muera. Era eso, eso es lo que quería decir.