Todos los días son domingo

Tal vez es normal tomarse una cerveza a las 9 de la mañana. 

Mi jornada empieza a las 6 buscando trabajo y aplicando a una oferta o a la otra. Actualizo mi hoja de vida, hago un curso para mantener mis conocimientos al día, reviso LinkedIn, escribo para un proyecto. 

Se van tres horas en dos minutos y cuando el reloj da las 9, ya es mucho lo que he logrado. Mi corazón está agobiado. Y mi mente cansada con la esperanza que se achica. 

Entonces hoy destapé la cerveza. Es un mecanismo de supervivencia, porque después de las 9 empieza el juego de la espera. Esperar el correo o la llamada, o el mensaje de texto que me invita a una entrevista. Pero durante todo el día solo hay silencio y la noche llega sin novedades. 

Dicen que “todos los días son domingo cuando estás desempleado”. Y a nadie le importa la intranquilidad de quién perdió un trabajo. Por eso una cerveza tras otra. Hasta las 6 mañana, cuando mi jornada empiece con la misma monotonía.  

“Everyday is Sunday when you’re unemployed.

Sounds pretty good, man, I should be overjoyed.”

The Slackers

Photo by Toa Heftiba

Talking into the void

Mis palabras se las lleva el abismo oscuro y las devuelve en un eco que solo yo escucho. ¿A quién le importa esta existencia desoladora? Soy las palabras del inmigrante cansado que vive indiferente. 

Le hablo al vacío que se ríe de mí y me pregunto a dónde irá a parar la soledad del pensamiento manchado de biculturalidad. Mi vida es una mezcla que no encaja ni aquí ni allá. Y se vuelve más sola, más aislada, más distante. 

¿Cómo olvidar lo que ya viví? ¿Y cómo renunciar a lo que vivo ahora?

Saltar la valla

Los dos tendríamos quizá catorce años cuando él me invitó a ver a Manu Chao en concierto. No teníamos tiquetes y la idea era colarnos saltando la valla por la parte trasera del jardín botánico. Cuando le expresé mi temor a que nos descubrieran, él rió a carcajadas, diciendo que el ser descubiertos solo significaba que tendríamos que volver a entrar. El plan parecía viable pero el escrupuloso seguimiento de la norma que me fue inculcado me impidió decirle que sí. Al final, él terminó por ir solo y yo me quedé en casa. 

Veinte años después aún no he visto a Manu Chao en concierto y mi primo ya no está para intentar la osadía. Se fue a algún cielo, junto a las hojas que arrastra el viento. Y yo me quedé aquí, anclada, deseando haber dicho que sí.

Photo by Kendall Hoopes

Sol de julio

Bajábamos flotando por el río y el sol de julio nos daba en la cara. Yo sostenía la bebida en mi mano y sus pies jugueteaban con el agua. Entre ella y yo muy poco quedaba, ya que a los años nadie les había hecho justicia. En algún momento se cruzaron nuestras miradas y el susurro de la brisa nos dijo que no existirían más veranos juntos. Ella sonrió, con ternura. Y yo agradecí su amor en pasado.

Salir… o no

Cerrar la puerta con llave. Bajar las persianas. Esconderse en el confort de la casa que acobija en seguridad apacible. Huir al miedo evitando salir. La calma falsa. Trabajar desde casa. Hablar en voz alta, emulando el bullicio. Llamar por teléfono. Ordenar domicilio. La historia risible a ojos de otros. Ahogarse por dentro, sofocarse. Quedarse en casa. Quedarse en casa y no salir. No volver a salir. No salir nunca. El deseo imposible, tal vez. La realidad certera. El miedo, quizá infundado. O no.