Deja que me vaya, NYC

Nueva York era una ciudad idílica que había visto en TV y a la que nunca pensé llegar. Así que cuando la visité por primera vez me propuse hacer todo lo que se ve en las películas: 

Abrazamos a Elmo en Times Square. 

Subimos al Empire State. 

Montamos patín en Bryant Park. 

Nos tomamos la foto con el toro en Wall Street. 

Aspiramos las tristezas del monumento al 911. 

Cruzamos al otro lado del puente de Brooklyn. 

Caminamos en el Central Park. 

E hicimos f@#& a la Trump Tower. 

Fueron unos días fantásticos donde mi excitación no cabía dentro de la estrechez de mi chaqueta de invierno. Sin embargo, lo que recuerdo más profundamente es cuando nos perdimos en nuestro regreso hacia el Airbnb donde nos quedamos en Harlem. 

Habíamos estado caminando en círculos por varias horas, hasta que no hubo más que declaramos oficialmente perdidos. Quisimos tomar el tren, pero no entendíamos el mapa con su red de vías enmarañadas y su horario complicado. El GPS no funcionaba y mirábamos al horizonte tratando de orientarnos fijando nuestra vista en el Empire State. 

En algún momento, recuerdo haber volteado hacia arriba mientras las gotas de lluvia me caían en la cara. El cielo estaba gris y oscuro, y los rascacielos se cerraban sobre mí como queriendo tragarme. 

La vista era bella y malvada. 

Desasosegante e implacable. 

La vista era el mundo que me decía, que me susurraba lo que yo ya sabía. 

Las lágrimas rodaron por mis mejillas porque un torrente de gente que no era la mía me engullía. En un invierno frío. Con una lengua que no entendía. Y en medio de una soledad que me era nueva y me entristecía. 

Que lejana fue para mí Medellín en ese entonces, esa tierra bonita con montañas y soles de primavera. 

“¿Por qué no me tragas ya, Nueva York? ¿Por qué no dejas que me vaya?”, dije y seguimos caminando hasta el amanecer. 

Tal vez algún día vuelva, buscando indulgencia. 

Más allá del silencio

Qué hay después de ti en la poesía de hojas blancas. En los estares de la nada y las pompas de jabón. Brilla tu recuerdo en resplandor que enceguece. ¿Qué hay amigo?, canta la canción en los altavoces. ¿Qué hay? ¿Qué hay más allá del silencio? Donde ya no se encuentran nuestros rostros ni nuestras risas de niños.

Tantos años recordando el sonido de tu nombre. Que no pasa, que no se olvida. Volveré una y otra vez a esa tierra que te guarda bajo el suelo. Para ver florecer tu árbol de frondosa grandeza. Y me sentaré a tu lado como tantas veces, enjuagando las lágrimas que siempre ruedan.

Amigo, ¿qué hay? ¿Qué hay en la nada del inmenso universo?

Sueños que nunca llegarán a hacerse realidad.

¿Qué hay amigo, al otro lado del silencio?

Ángeles del Infierno

Invierno y oscuridad

Es invierno y la oscuridad se cierne sobre mí. Al caer la tarde, una oscuridad impenetrable me dice que el día ha acabado aunque solo son las 4:00. ¿Qué hacer, mas que regocijarse en los pensamientos de pasado y futuro?

El invierno es la época de los temores.

El calor del hogar reconforta mientras que afuera se libran las batallas.

Photo by Josh Hild

I only have one photograph of him left

I only have one photograph of him left. I took it when he came to our house in one of his striking, commonly nocturnal, never-expected visits. The photograph is a portrait of a young man in decadence who had been living beyond the line for more than a long time.

He was no longer that joyful, peaceful boy that all of us used to know so well. His strange manners and compulsive movements, combined with his thinness, gave him a repulsive appearance that was not bearable for long. He looked like a walking bag of bones, and his long hair partially covered his cheekbones, which stuck out giving to his face the look of a skull just covered by skin. He seemed like a puppet of a skeleton that moved because of the action of a strange force…lifeless.

All of his body looked lifeless but his eyes… His eyes were strangely deep. They were black and deep as the universe, full of energy that hypnotized and frightened. One could see through his eyes. At some point, he stared at me and laughed and talked like a maniac. I stared at him too while wondering how this could have happened. I was mesmerized by the image, and then I took the photograph.

He left soon that night, and it was the last time we talked. Sometimes, I look at the photograph and wonder if I could have helped him, but I knew he would never come back. He always said that he wanted to be free.

Monday

What does one write on a Monday? Cuando la lluvia cae y nunca amanece. Cuando es un lunes como cualquier otro. 

What do you say to Mondays? Cuando la semana se abre en el horizonte y la esperanza disminuye.  

What do you do on Monday? Cuando no ha cambiado nada. Y te sigo esperando. 

Today. Monday. Lunes. What can I tell you? Cuando siempre te guardo en la memoria.