Voy a romperme en silencio

Ayer hablé con alguien que conozco de hace tiempo. Dijo que mis ojos habían cambiado mucho desde la última vez. Quise besarlo sin sentir sus labios, pero no lo hice.

Estábamos sentados uno al lado del otro, con mis muletas separándonos. Podía sentir la cercanía y la lejanía de su cuerpo, y los ojos de los otros señalándonos. Supe que le gustaba ver pasar la gente por la calle, como a mí.

Y no sé por qué después me sentí tan sola.

Hoy es un día melancólico, de esos que no me sucedían hace tiempo. Un día espeso, brumoso. Ya se me olvidó cómo enfrentar estos días en que no soy capaz de pensar en mañana. Hace tiempo que todo había perdido importancia.

¿Cuántas veces te he dicho te amo?

Quiero que sea sábado y dejar este viernes suicida.

Estoy odiando la nube gris que me conjeturaste un día. Estoy despreciando el espacio y el tiempo y aun siguen sin preocuparme.

¿Por qué estoy siendo otra vez la contradicción de hace unos meses?

Voy a romperme en silencio.

Porque así siempre lo hago.

Nada

Mi cuerpo flota, 

deslizándose en el agua.

Una brazada y después la otra. 

El agua reverbera en mis oidos, 

y me lava la cara 

mientras que afuera aguarda el silencio. 

Qué libre es mi cuerpo, 

suspendido sin límites. 

Dos brazadas, desliza, respira, flota. 

Dos brazadas, desliza, respira, flota. 

Mi mente es libre y no piensa en nada. 

Nada.

Seguir amando

Me siento al frente de la pantalla como cada lunes en la mañana, esperando el correr de otra semana. Los días son buenos o tristes, o traen pesares que habíamos olvidado. Rebeca lee en el nuevo sofá y se admira con los “Secretos del viejo reloj”. Siento la necesidad de escribir aunque no sé para qué ni para quién.

Entiendo el tedio de levantarse cada mañana queriendo morir. El cruzar la calle despacio para que alguien te atropelle. El deseo de envenenar el cuerpo que ahora se siente vacío y efímero. Pero sé que después de todo hay tal vez esperanza. Que existe el placer de las cosas pequeñas como el sentarse a disfrutar una tarde veraniega en el atardecer de una terraza.

Quizá ahora todo esto suene estúpido, como lo suena todo en estos meses de tedio. Pero te desatarán y te levantarás para seguir amando. No encuentro más palabras para describir el dolor que me causa imaginar tu pérdida. Seguiré aquí desde esta distancia forzada, anhelando tu abrazo.

Carta a un familiar

Luciano con O

Tampoco sé si a veces soy tomate o soy gato, o si simplemente soy Luciano con O. Soy como Sven que murió la semana pasada. 

Qué me importa si Luciana tiene el arma si el que disparó fui yo. A veces me gusta ir por la vida con una coca cola. Me gusta sentir la lluvia, la lluvia de olor a pólvora quemada, limpiándome la sangre de la herida. La sangre de tomate como el gato rojo de Amarilla. Amarilla se parece a Luciana con A. A veces, Luciana con A está celosa porque yo hablo de Amarilla. Le digo: “Tranquilízate nena” y ella enfurece. El problema es que Luciana con A no lee mis libros. 

Luciana con A siempre anda discutiendo. Pelea conmigo por las coca colas. Pelea conmigo porque no me apetece un buen polvo. Pelea conmigo porque le compro drogas. Pelea con el dentista porque no se lava los dientes. Luciana con A pelea con la vecina porque las sábanas que extiende le tapan el sol que cae a la terraza. A Luciana con A le gusta pelear. Yo le digo: “Vive nena” y ella enfurece. 

Me gusta Luciana con A. Yo soy Luciano con O. Así que es gracioso. Cuando tomo coca cola a Luciana con A le da celulitis. Yo me siento mareado. No sé si es por la sangre de tomate que me lava la lluvia con olor a pólvora quemada o si es por el brandy que le cayó a la coca cola en la mañana. 

Luciana con A dice que es de noche. A mí siempre me parece que está de día. Lo que pasa es que Luciana con A siempre dice lo contrario a lo que yo digo. Luciana con A dice: “Estás equivocado Luciano con O” y yo digo “Qué importa nena”. Y ella enfurece. 

Luciana con A dice que quiere el lado izquierdo. A mí me da igual. Diez metros bajo tierra la lateralidad no importa. Creo que Luciana con A y yo estaremos muy estrechos. 

I only have one photograph of him left

I only have one photograph of him left. I took it when he came to our house in one of his striking, commonly nocturnal, never-expected visits. The photograph is a portrait of a young man in decadence who had been living beyond the line for more than a long time.

He was no longer that joyful, peaceful boy that all of us used to know so well. His strange manners and compulsive movements, combined with his thinness, gave him a repulsive appearance that was not bearable for long. He looked like a walking bag of bones, and his long hair partially covered his cheekbones, which stuck out giving to his face the look of a skull just covered by skin. He seemed like a puppet of a skeleton that moved because of the action of a strange force…lifeless.

All of his body looked lifeless but his eyes… His eyes were strangely deep. They were black and deep as the universe, full of energy that hypnotized and frightened. One could see through his eyes. At some point, he stared at me and laughed and talked like a maniac. I stared at him too while wondering how this could have happened. I was mesmerized by the image, and then I took the photograph.

He left soon that night, and it was the last time we talked. Sometimes, I look at the photograph and wonder if I could have helped him, but I knew he would never come back. He always said that he wanted to be free.