I only have one photograph of him left

I only have one photograph of him left. I took it when he came to our house in one of his striking, commonly nocturnal, never-expected visits. The photograph is a portrait of a young man in decadence who had been living beyond the line for more than a long time.

He was no longer that joyful, peaceful boy that all of us used to know so well. His strange manners and compulsive movements, combined with his thinness, gave him a repulsive appearance that was not bearable for long. He looked like a walking bag of bones, and his long hair partially covered his cheekbones, which stuck out giving to his face the look of a skull just covered by skin. He seemed like a puppet of a skeleton that moved because of the action of a strange force…lifeless.

All of his body looked lifeless but his eyes… His eyes were strangely deep. They were black and deep as the universe, full of energy that hypnotized and frightened. One could see through his eyes. At some point, he stared at me and laughed and talked like a maniac. I stared at him too while wondering how this could have happened. I was mesmerized by the image, and then I took the photograph.

He left soon that night, and it was the last time we talked. Sometimes, I look at the photograph and wonder if I could have helped him, but I knew he would never come back. He always said that he wanted to be free.

Las memorias de nadie

Recuerdo haber estado sentada leyendo un libro acerca de una tal Amarilla. De la historia solo recuerdo que tenía un gato y la portada era amarilla con letras azules. Amarilla no era como yo, de naturaleza obstinada y belleza escasa. O al menos así lo quiero ver ahora. 

Antes de leer a Amarilla, en esa tarde en un café-librería, yo había sido dada de alta en una sala de urgencias. Al parecer había tomado más pastillas para dormir que de costumbre y los doctores habían decidido confundir ese hecho con un intento de suicidio. Pero no es eso sobre lo que quiero hablar ahora. 

Lo que quiero decir es que a veces mis pensamientos divagan y le hablo al vacío sin recibir respuesta. Escucho música a todo volumen para silenciar los ecos. Porque Amarilla iba a fiestas y olía a marihuana, y tenía amigos. Nada de lo que yo tengo. Yo en su lugar tengo un cerebro que piensa y piensa, y divaga y se va en pensamientos sobre nada. 

Como ven, doy vueltas y vueltas. Pero lo que quería decir es que cuando estuve en la sala de emergencias y desperté, mi mamá estaba a mi lado. Ella que no entendía hizo un esfuerzo por aprender sobre lo que es estar triste y querer volarse el seso, y hoy me escucha los pensamientos alborotados. Espero que mi mamá cumpla 60, y 70, y 80, y 90, y 100, y que nunca se muera. Porque entonces quién me va a querer así con las uñas despintadas y el cerebro cortante, y quién me va a decir que yo puedo, que yo valgo la pena. 

Mi mamá trabajaba 12 horas diarias para que yo pudiera dedicarme a ser lo mejor que yo podía ser. Y hoy he logrado todo y nada al mismo tiempo, pero es gracias a ella. Hoy cuando la llamo, me contesta. Y me escucha reír, y llorar, y yo lo aprecio. Ella complementa mi falta de criterio. 

Pero sí, Amarilla, ¿qué será de Amarilla? ¿A quién le importa Amarilla, si mi mamá me quiere? Así como soy con las imperfecciones, y yo la quiero a ella. Tal vez escriba esa novela que mi mamá quiere. ¿Pero de qué? ¿Qué puedo decir de esta vida a veces lenta, a veces vertiginosa? Tal vez cuente la historia de ella, de su vida complicada y su estatura pequeña. 

Y ¿qué le dirían ustedes a su mamá en su cumpleaños? Yo pienso que nada, porque decir “felicitaciones, que cumplas muchos más” es bien cliché. Yo pienso: “gracias por decidir vivir un año más”, porque uno siempre puede escoger no vivir, pero no ella, porque siempre vive en mí y en el cerebro que piensa y piensa. Pero eso ya lo dije. 

Ojalá mi mamá cumpla 100 y nunca nunca se muera. Era eso, eso es lo que quería decir. 

Salir… o no

Cerrar la puerta con llave. Bajar las persianas. Esconderse en el confort de la casa que acobija en seguridad apacible. Huir al miedo evitando salir. La calma falsa. Trabajar desde casa. Hablar en voz alta, emulando el bullicio. Llamar por teléfono. Ordenar domicilio. La historia risible a ojos de otros. Ahogarse por dentro, sofocarse. Quedarse en casa. Quedarse en casa y no salir. No volver a salir. No salir nunca. El deseo imposible, tal vez. La realidad certera. El miedo, quizá infundado. O no.

La voz habla

¿Quién habla hoy en mi cabeza? ¿Quién causa el silencio? ¿Quién hace las preguntas esta tarde oscura en el invierno voraz de Nueva Inglaterra? Oscuridad adentro y afuera que evita los recuerdos de soledad y muerte. Premoniciones totalizantes donde se acerca el verano. La voz habla. Y calla. Espera.

Recuerdos en verano

Es un día de verano, de un verano triste. El calor sofoca y los pájaros cantan afuera, aperezados. Ellos se han ido y la casa está en silencio. Las sombras invaden las paredes que miran y callan, cómplices. Me siento en el sofá bebiendo una cerveza. Las burbujas y la espuma inundan mi boca. Pienso en él y en como nadie habla del asunto. O así parece. Miro a la casa que no conocerá y pienso en la hija que solo vio en fotos. Los pasados juntos y la separación innecesaria. Tal vez fue más el prejuicio que el miedo. El haber juzgado sin entender.

Me vuelvo a la ventana. El carro parquea y ellos se bajan. Escucho la voz de ella, alegre, inocente. Mi corazón se estremece. Es hora de continuar viviendo.

Photo by Xuan Hoa Le