Noelia y el mar

Photo by Daniel Maforte

En bicicleta por el mar, 

hasta que la sal oxide el metal, 

mis pies, mis ideas. 

Y cuando al atardecer el viento sople,

me despedace en mil partículas

y contra el mar reviente 

la sonrisa maltrecha 

de años y años sin porvenir, 

y en el estallar de las olas, 

el sonido de mi boca se envuelva en un eco 

y en éste se pierda. 

Y que no deje en la arena mis huellas 

para que el mundo me olvide, 

si acaso, 

alguna vez, 

me conoció.

«Un sendero solo de pena y silencio llegó
hasta el agua profunda»

Mercedes Sosa

Palabras y un te amo

Alguien dijo un día que con todas las palabras se podía mentir y que no habría que olvidar que un Te amo eran palabras. Otro dijo que las palabras lo decían todo, aunque no olvidó que el silencio es palabra. Más allá dijeron que las palabras se las llevaba el viento, aunque siempre las traía de regreso. A algunos les ofendieron mis palabras, otros las erraron, hubo quienes no las escucharon. Pero existió uno al que ellas enamoraron y entre tantas palabras que se decían le susurré un Te amo y él guardó silencio. Una noche, en que el viento arrastraba las palabras, me dijo: son tus palabras todas tuyas, son hermosas, te haría el amor con ellas pero para eso no soy tan bueno. 

Photo by Anna Tarazevich

Tarde veraniega en el atardecer de tu terraza

Photo by Alexis Bahl

Una tarde veraniega en el atardecer de tu terraza. El anaranjado sol cayendo en el cielo y ocultándose en los árboles. Los verdes, amarillos y rojos de las hojas meciéndose al viento. Y la brisa soplando en mi cara una frescura necesaria. 

El sillón de cara a la reja. Una sábana en mis piernas. El tinto amargo en mis manos y quizás un cigarrillo. La conversación fluida o el silencio austero, ambas gratas sensaciones. 

Despedirme y regresar luego con la luz de la luna iluminando un valle hermoso. La nostalgia y la tristeza subsiguientes. 

Así imagino –y recuerdo- una  tarde veraniega en el atardecer de tu terraza.

Los segundos son minutos, los minutos son horas

“Los segundos son minutos, los minutos son horas”, me repito antes de dormir. Me preparo para otro sueño de esos que trae el insomnio de las tareas no terminadas. Te espero en el sueño, te veo. Hablamos, a veces. A veces reímos y tomamos, o navegamos en el mar. Y al final es tu hora para volver a tu lugar a descansar o a morir. Siempre sé que no estás vivo. Aunque quiero quedarme indefinidamente, no puedo detenerte. La historia se repite, una y otra vez, como la rueda de tu bicicleta azul girando. 

¿Cuántos sueños faltan para que te desvanezcas en la nada? ¿Cuántos más vendrán a darme esperanza? ¿Y cuántos más a revivir el desconsuelo y la congoja? 

El sabor agridulce de un sueño contigo. Y la resaca en la mañana que me da tu recuerdo. Las noches son a su vez eternas y efímeras.

¿Cuántos sueños más? ¿Cuántas vidas? ¿Cuántas vidas quedan para perdonar las culpas?

Las gotas en el parabrisas

Las gotas caen en el parabrisas esta noche de abril. Una capa de agua brillante y enceguecedora sobre el asfalto negro. Los árboles se bambolean aún sin hojas. Las canciones del pasado que suenan en el altavoz. Pienso en mi prosa y en los poemas que jamás escribiré. La métrica vedada a mi entendimiento e interés. Recuerdo sus sonrisas y los cuentos que leímos. Los vinos que tomamos. Las noches en la Villa o Carlos E, o en cualquier otro lugar sin esperanza. La lluvia que tintinea en la ventana mientras la mente no perdona a la distancia cada vez más amplia. ¿Qué futuros nos esperan, cuando no podemos alejar el pasado? Mi prosa y los poemas, que no dicen otra cosa. Que no hablan de otra cosa. Y no callan. Jamás callan.

“Que cuando escampe,

parezca nuestra esperanza.”

Silvio Rodríguez